miércoles, 16 de julio de 2014

44 poemas para leer con niños



44 poemas para leer con niños (selección de Mar Benegas), Albuxeich, Litera, 2013.

Hay muchas cosas que hacen que este libro no sea una antología más de poemas para niños, una de esas selecciones que combina poemas escritos para niños con otros que no fueron pensados para ellos, cultos con populares, clásicos con modernos, para componer una muestra lírica considerada adecuada para el público infantil. Es en este tipo de selecciones donde quizás la literatura infantil mejor revela su condición de literatura adoptada y de estatuto difuso, es decir, de corpus formado no solo por obras escritas directamente para niños, sino también aquellas que los adultos han juzgado adecuadas para ellos. El género es ya un clásico en la poesía infantil, y por eso resulta difícil destacar dentro de él. Sin embargo, esta antología resulta original entre otros similares por diversas razones, que vamos a repasar a lo largo de esta reseña, pues nos parece que no hay mejor manera de destacar aquello que este libro aporta a un género ya establecido y en el que, más allá de la selección de poemas, resulta algo difícil innovar. 
Lo primero que distingue a este libro de otras antologías similares es el título, que reza para leer con niños y no, como suele ser habitual, para niños. Esta diferencia es toda una declaración de intenciones que. Por un lado, pone en primer plano esa tensión del doble destinatario propia de la Literatura Infantil, ya que muchas veces los niños no llegan a los textos a por sí mismos sino a través de la mediación de un adulto que les lee o que les recomienda, o, en el peor de los casos, obliga. Y, por otro, establece ya un protocolo de lectura en común entre niños y adultos, un disfrute y descubrimiento compartido del que sin duda es la poesía la que sale beneficiada, y al que se hace referencia en la hermosa y adecuada introducción. Parece, pues, dar por sentado que la poesía es un género apto para niños siempre y cuando se haga un esfuerzo por acercarla a ellos, siempre y cuando no sea la cenicienta de los manuales escolares y de las bibliotecas escolares y familiares, siempre y cuando el adulto ya tenga ese gusto por la poesía y lo comparta con los más pequeños. Si no es así, será muy difícil que el niño adquiera el gusto por ella, y sin duda la poesía morderá, pues ya sabemos que aquellas personas a los que un perro ha mordido de niños no se acercan este animal tranquilos nunca más. La poesía, por el contrario, debe lamerte, acariciarte, pero, para ello, algunas veces hace falta un adulto que sirva de guía. En este libro ese adulto está presente en el decálogo inicial, titulado “Cómo no leer un poema”, que insiste en esta idea de acercar la poesía a los niños, no de imponerla, y luego en las notas a pie de página que acompañan a los poemas y que están en color azul para que se distingan de estos. Se trata de una voz adulta que podemos identificar con la propia antóloga y que no estorba ni pontifica, sino que ayuda al niño y al posible adulto que lo lee con él a sacar partido del texto. Así, el contenido didáctico (inherente a este tipo de antologías desde el momento en que un adulto decide lo que es bueno para los niños) se distribuye y dispersa acertadamente a lo largo de todo el poemario, se coloca a pie de poema, y no, como en muchas otras antologías para niños, al final, al modo de guía de lectura. De esta manera se va creando un diálogo continuo y enriquecedor entre el adulto responsable de la selección y los lectores, pero sin imposiciones.
De la presencia de esta voz dentro de los propios poemas, compartiendo página con ellos, se deriva otro de los rasgos más significativos del libro, que es su carácter interactivo. Hoy en día, cuando parece existir un debate abierto sobre la interactividad y los nuevos soportes de lectura, se olvida con frecuencia que un nuevo soporte puede no implicar una forma de leer interactiva, mientras que un soporte tradicional como el libro sí puede dar entrada a la interactividad. Aquí está presente la interacción, porque son muchos los poemas que invitan al lector a leerlo de una determinada manera, o a continuarlo, dejando espacios en blanco donde se puede seguir aplicando las mismas estructuras del poema, como vemos, por ejemplo, en Duerme niño en la cresta del gallo, donde se aprovecha el carácter reiterativo y combinatorio del poema.
Esta interactividad surge con bastante frecuencia de la propia selección de poemas que compone la antología, que podemos considerar variada y que aúna dos fuentes principales: la poesía escrita expresamente para niños y la que no fue pensada para ellos. Dentro de esta última, no renuncia Benegas a incluir composiciones tradicionales, clásicos como La canción del pirata, de Espronceda, Sé que todos los cuentos, de León Felipe, o poemas de autores también canonizados como Lorca, José Hierro o Gabriela Mistral, los tres bastante presentes en las antologías de poesía hispana para niños. Pero, al lado de estos, destacan elecciones cuando menos arriesgadas y valientes, como las composiciones de Alejandra Pizarnik, Ada Salas, Idea Vilariño, César Vallejo, Juan Bonilla, Oliverio Girondo, Juan Carlos Mestre o Carlos Edmundo de Ory, que no suelen aparecer en las selecciones infantiles. En cuanto al otro gran filón de esta antología, la poesía escrita expresamente para niños, podemos decir que Benegas hace algo muy similar: al lado de clásicos ya indiscutibles y canonizados dentro de la poesía infantil hispana, como María Elena Walsh o Miguel Desclot, da entrada a una buena selección de muchos de los mejores poetas para niños en español de los últimos años, como María José Ferrda, Beatriz Giménez de Ory, Darabuc, Raúl Vacas Antonio Orlando Rodríguez o Sergio Andricaín.  
Por último, un rasgo también llamativo de esta antología es la ausencia total de ilustraciones, las cuales, sin embargo, no se echan en absoluto de menos porque quedan compensadas por un continuo y cuidadoso juego de elementos gráficos. Ya la cubierta nos da, como debe ser, pistas acerca del proyecto gráfico que vamos a tener entre manos, con esos iconos que dan un indudable aire actual al libro y que establecen la tricromía que dominará la selección (negro, azul y blanco). Las guardas, que en los libros infantiles son tan importantes, aquí se usan para transmitir mensajes que están en consonancia con la idea general del libro. En las de apertura, se repite en diagonal la frase “LA POESÍA NO MUERDE”, en azul; en las de cierre, “MANTÉNGASE AL ALCANCE DE LOS NIÑOS”. Ya dentro del libro, hay innumerables juegos tipográficos que son coherentes con el poema en que se insertan (palabras en letras más grandes o más pequeñas; letras con rellenos; poemas al revés; poemas reflejados; letras que se elevan en la página; páginas en negro etc.), nunca de manera gratuita, siempre añadiendo significado. 
Por todo esto, como ya decíamos al principio, esta no es una antología más, y por eso mismo deseamos que no se quede, en efecto, en una antología más entre otras muchas, es decir, que tenga la mayor difusión posible. El esfuerzo de la antóloga y del editor, al arriesgarse con un producto tan peculiar y saber sacar partido de las limitaciones para crear un producto literaria y visualmente tan atractivo, lo merece. 


 

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