miércoles, 8 de marzo de 2017

Gloria Fuertes, poeta para niños (a propósito de Poemas de la Oca Loca)


Cuando alguien me pregunta a qué me dedico y yo respondo que doy clases de literatura infantil en la universidad, normalmente el interlocutor reacciona con cierta perplejidad y un poco de embarazo. Casi todos dicen “Ay, qué bonito”, con un tono cursi y algo acaramelado que se parece mucho al que usarían para hablarles a sus hijos, sobrinos o nietos, como si el hecho de dedicarme a enseñar y a investigar (y a escribir, pero eso no sale a colación en ese momento) literatura para los llamados “más pequeños” te convirtiera directamente en uno de ellos y ya no pudieran hablarte de tú a tú, como a un adulto. Algunos, los menos, se interesan sinceramente por la literatura infantil y llegan a hacerme preguntas inteligentes sobre sus límites, sus problemas y su relación con la didáctica y la moralina fácil. Y otros muchos intentan rebuscar en su mente para encontrar algo interesante que decir y lo único que consiguen encontrar buceando en el baúl de sus recuerdos infantiles (que con los nuevos tiempos ha mutado y se ha convertido más bien en una televisión con dos canales) es algo parecido a lo siguiente: “Ah, pero en literatura infantil, ¿qué hay? Gloria Fuertes y poco más, ¿no? Ay, a mí me encantaba de pequeña, de verdad”.
La respuesta es sintomática del estado de desconocimiento y reconocimiento (o des-reconocimiento) de la LIJ en el Estado español, por un lado, y, por otro, de un hecho que resulta insoslayable: que Gloria Fuertes es lo más parecido a un mito literario infantil que tenemos en España. Un mito moderno, como bien sabemos desde que Roland Barthes lo radiografió en sus Mitologías, se caracteriza por ser un metalenguaje que se construye sobre un elemento real para hipertrofiarlo y proyectar en el imaginario colectivo un solo aspecto del mismo que eclipsa todos los demás. Gloria Fuertes, siguiendo este argumento, sería un mito en el doble sentido del término: en primer lugar, porque ella misma eclipsa toda la tradición literaria infantil hispánica; y, en segundo lugar, porque su faceta de autora infantil ha eclipsado para el gran público su poesía para adultos, de una calidad y una originalidad sin parangón. Gloria Fuertes podría haberse convertido en esa un tanto odiosa y sexista figura arquetípica que es la gran dama de las letras españolas (¿acaso existe el Gran Caballero de las Letras?) si no fuera porque quizás eso es más difícil para una poeta que para una novelista y porque su faceta de autora infantil eclipsó el resto de su obra. Nadie toma en serio la literatura infantil, y así nos va.
En 2017 se cumplen cien años de su nacimiento y, afortunadamente, esta efeméride no ha pasado desapercibida. Son varios las publicaciones que han llegado a las librerías y los artículos en suplementos y revistas culturales dedicados a esta autora. El punto culminante hasta ahora quizás haya llegado el pasado sábado 25 de febrero, cuando el suplemento cultural de El País, Babelia, le dedicó la portada y la doble página de inicio, algo que solo sucede ante lo que se considera un acontecimiento cultural. Con esto, Gloria Fuertes ha quedado definitivamente canonizada en el campo literario español.
Sin embargo, resulta interesante comprobar que la mayoría de artículos publicados a raíz de esta efeméride tiene un punto de partida muy similar: casi todos ellos hablan de la necesidad de rescatar a Gloria Fuertes del ámbito infantil y de reivindicar su desconocida y ensombrecida faceta de poesía para adultos. Nada que objetar. Yo mismo soy un gran admirador de la poesía para adultos – llamémosla así, por abreviar –  de Gloria Fuertes, pero creo que el desconocimiento y poca valoración de la misma tal vez no se deba tan solo a la popularidad de sus obras para niños y a la sombra de su faceta televisiva, sino también a la extendida tendencia a minusvalorar la poesía escrita por mujeres y a no ponerla nunca a la misma altura de la escrita por los hombres. Pasa con Fuertes, pero ha pasado también con María Victoria Atencia, por ejemplo, y otras. Problemas de discriminación literaria aparte (el canon puede ser muy duro, desde luego, y no solo para las mujeres) lo que me llama la atención de este deseo de rehabilitación de la Gloria Fuertes para adultos es que esconde, bajo su bienintencionada finalidad, siempre la misma retórica, la misma actitud: la del rescate, la de la poesía infantil como un territorio concebido como un lugar desde el que hay que rescatar su obra y su figura, un territorio en el que quizás permanecía injustamente prisionera. Y me parece un punto de partida en cierto modo erróneo.  
El léxico del artículo de Elsa Fernández-Santos en Babelia no deja lugar a dudas sobre esta contraposición. En la portada del suplemento, leemos lo siguiente: “Gloria Fuertes, por fin libre. Fue la famosa escritora para niños que salía en la tele, pero también la autora de una poesía desgarrada. En su centenario, varios libros y exposiciones la devuelven a la literatura adulta” (las cursivas son mías, por supuesto). Pasando de página, el titular del artículo es “Una poesía mayor de edad”, lo cual supone toda una declaración de intenciones. En el cuerpo del artículo menudean las afirmaciones coherentes con estos titulares, de modo que no es difícil llegar a la conclusión de que Gloria Fuertes tiene que ser rescatada de la poesía infantil, que la degrada, mediante la reivindicación de su poesía para adultos (que no adulta, como dice el titular de la portada: no es lo mismo). Solo la voz de Paloma Porpetta emerge solitaria en la reivindicación de su faceta infantil también cuando dice que “es importante no descuidar su obra infantil, porque le dio una vuelta absoluta a la literatura para niños en España, la hizo coloquial sin cursiladas y logró que miles de niños se acercaran de su mano a la poesía”. El poeta Luis Muñoz, por ejemplo, alude a su faceta televisiva, pero se centra en su aspecto de clown, en su manera de vestir y de hablar, sin entrar en el que para mí es sin duda el meollo de la cuestión: cuál es su verdadera aportación a la poesía para niños en España y a la literatura infantil, porque no hay que olvidar que no solo escribió versos para niños, sino también teatro y una narración tan deliciosamente subversiva como Cangura para todo (Premio Andersen, por cierto), que surgió como encargo      – cómo no – por parte de Esther Tusquets. El artículo de Elsa Fernández-Santos, en esta línea, solo destaca como libros publicados a raíz de su centenario tres volúmenes para adultos de Blackie Books, Nórdica y Reservoir Books, y olvida sin embargo la que quizás ha sido la primera publicación del centenario, aunque sea solo para niños: Poemas de la Oca Loca. Pero ya digo que no es sorprendente. El artículo, como la mayor parte de los testimonios que incluye, parte de la oposición radical entre la poesía para niños y la poesía para adultos de Fuertes, entre su figura televisiva y popular y la autora de culto valorada por sus colegas. Yo creo que es un error incidir en dicha oposición, porque no beneficia ni a una faceta ni a otra, como lo es pensar que su poesía no ha sido justamente reivindicada por su fama como autora infantil.
Ante artículos así creo que no queda más remedio que intentar poner un poco de orden en el terreno que uno mejor conoce, la poesía infantil, y reivindicar ante todo a Gloria Fuertes también como una gran autora de poesía para niños, con o sin proyección mediática, con o sin presencia en el imaginario, y por lo tanto destacar por encima de todo la aparición en Kalandraka de sus Poemas de la Oca Loca a principios de año como una manera perfecta de calibrar su valor como poeta para niños, como cultivadora de poesía infantil.
Una vez más, en la valoración de Gloria Fuertes como poeta para niños, nos topamos con el problema de la deformación y la mitificación. El problema de Gloria Fuertes es que ha creado una falsa escuela poética en España y una legión de falsos imitadores que se han quedado en la superficie de su poesía y han cogido solamente lo peor o lo más imitable. Porque la poesía infantil de Fuertes produce la falsa primera impresión de ser fácilmente imitable, fácilmente copiable, porque parece tremendamente fácil. Cogemos un par de animalitos, hacemos un par de versitos con ellos, y ya está. Total, los niños no merecen mucho más. Con cualquier cosa se arreglan.
Si uno se esfuerza por leer las obras para niños de Gloria Fuertes se dará cuenta de que sus versos son todo menos eso. Como todos los grandes autores para niños, Gloria Fuertes le habla de tú a tú al público infantil y no lo trata con ningún tipo de condescendencia. Aplica incluso a los niños los mismos recursos y las mismas herramientas que usa en su poesía para los adultos, entre las cuales destacan dos sobre todo: el humor y la tendencia a crear imágenes que surgen de elementos cotidianos y que quedan transfiguradas por medio del absurdo. Por supuesto que sus poemas para niños riman y que hay incluso cierta tendencia al ripio que puede hacernos sonreír, pero si uno lee con calma su poesía se dará cuenta de que lo más importante es ese trabajo constante con el lenguaje y la imaginación – ¿no es eso al fin y al cabo la poesía, la imaginación trasfigurada que se expresa con el lenguaje? – y que la inventiva verbal es absolutamente apabullante, incluso en poemas como los incluidos en Poemas de la Oca Loca, que fueron creados para un espacio televisivo, cuando en la televisión se hacían cosas como estas, en el siglo pasado.
Poemas de la Oca Loca no reniega de la Fuertes poeta para niños ni de la Fuertes figura televisiva, porque la base del libro está en ambas. No todo lo que hizo Fuertes en la televisión sirvió para rebajarla o dejarla de lado.  
Estos Poemas de la Oca Loca son una serie de dictados poéticos cuyo título comienza la mayoría de la misma manera (Cómo se dibuja) para a continuación incluir una gran variedad de elementos de la vida cotidiana o no, porque se dan instrucciones para dibujar un señor, una señora, un niño, un coche, una tormenta, pero también un cocodrilo, un esquimal, una bruja o un canguro. Solo hay tres excepciones al respecto: el primer poema, La Oca Loca, y los dos últimos, La sardina Florentina y La niña y la caracola. En la edición que ahora presenta Kalandraka se recuperan las ilustraciones que a finales de la década de 1970 realizó el ilustrador Miguel Ángel Pacheco para el programa Para los pequeños. Según explica él mismo en la adenda final, el programa estuvo constituido por “alrededor de noventa miniespacios poéticos de dos minutos como máximo, basados en sus textos, que recitaba Matilde Vilariño, y en donde mi mano, enguantada en blanco, realizaba con un rotulador negro (…) los dibujos que aquí veis coloreados y entramados”. Ha sido todo un acierto que la editorial haya decidido reeditar estos poemas con los dibujos que Pacheco realizó para dicho programa, porque de esta manera su carácter de dictados poéticos en los que se enseña cómo dibujar tiene su justa correspondencia en estas ilustraciones que, pese a estar coloreadas y entramadas como dice su autor, conservan el aire fresco de dibujo a mano alzada en directo, amén de que transmiten un dominio técnico y una expresividad y una gracia que son patrimonio exclusivo de los buenos dibujantes, de los que dominan el lenguaje de la línea. Y ha sido también todo un acierto que la editorial haya editado los poemas en formato de gran álbum, con tapa dura y a todo color.
Por todo ello, hay que saludar la reedición de Poemas de la Oca Loca como un acontecimiento literario que puede contribuir sin duda alguna rehabilitar la figura de Gloria Fuertes como poeta para niños, algo que al parecer muy pocos se han encargado de hacer y que es totalmente necesario, sobre todo para que nadie más piense que sus versos para niños no son más que escombreras poéticas llenas de ripios donde volcó todo lo que no le servía para su poesía seria y de verdad (las cursivas, por supuesto, son de nuevo mías). Gloria Fuertes, como todo los grandes, sabía que escribir para los pequeños es algo muy serio. Valorémoslo, pues, con tanta seriedad como merece.

Fuertes, Gloria, Poemas de la Oca Loca, Pontevedra, Kalandraka, 2016

(ilustraciones de Miguel Ángel Pacheco)

lunes, 30 de enero de 2017

Premio Fundación Cuatro Gatos 2017

 
  Acaba de publicarse la lista de libros seleccionados en el Premio Fundación Cuatro Gatos de 2017. Además de reconocer la labor encomiable que supone elaborar dicha lista, hemos de destacar la atención que desde la Fundación prestan siempre a los libros de poesía, que están muy presentes en la selección. Este año no es una excepción, y entre los títulos poesía seleccionados nos complace hallar tres poemarios que reseñé aquí con enorme placer hace unos meses. 
   Se trata, en primer lugar, de Mundinovi, con texto de Juan Carlos Martín Ramos e ilustraciones de Federico Delicado, que ya se alzó con el Premio Orihuela en su pasada edición y que aquí ha sido incluido en la lista de los veinte ganadores. 
   Pero, ademas, entre la lista de los noventa seleccionados hay otros dos libros que me alegra bastante encontrar ahí, porque son dos apuestas muy personales y arriesgadas que además han nacido en el seno de proyecto editoriales también arriesgados que merecen por ello toda la difusión y todo el apoyo que dan este tipo de galardones. Estos libros son, por un lado, Bolso de niebla, un poemario en formato de álbum con textos de María Rosa Serdio e ilustraciones de Julio Antonio Blasco; y Nada de Nada, un delicioso volumen de greguerías de Daniel Nesquens con ilustraciones de Alberto Gamón. 
   A todos ellos, mi más sincera enhorabuena. 

martes, 24 de enero de 2017

El clásico de la semana es...


Para Sharon, que estaba allí, 
 y para Maite, pour toutes nos affinités 

   A diferencia de la mayoría de las personas que conozco, mi primer contacto con las canciones del cantautor belga Jacques Brel no fue a través de su archiconocida, muy versionada y tal vez demasiado utilizada en películas Ne me quitte pas, sino a través de la más festiva y aun así melancólica  La valse à mille temps. Fue en el año 1989. Yo tenía 14 años y acababa de llegar como nuevo alumno al instituto para cursar lo que entonces era el primer año de Bachillerato. Entre las pocas asignaturas que se podían elegir en un plan de estudios bastante rígido y cerrado estaba el idioma, que podía ser inglés o francés. Yo escogí el primero porque era el que había cursado durante los tres últimos años de colegio, pero existía asimismo la opción de cursar francés como segundo idioma, aunque para ello había que quedarse en el instituto una hora más tres días por semana, algo a lo que no parecía estar dispuesto casi ningún alumno de primer curso de aquella promoción, porque aquel grupo estaba formado por un número exiguo de estudiantes que luchaban como podían contra el hambre que entraba a aquella hora y el cansancio de haber pasado ya seis horas escuchando a diversos profesores con sus correspondientes peroratas. 
    Al frente de aquella clase de resistentes que habría hecho sin duda las delicias de cualquier defensor a ultranza de la francophonie se hallaba una de las profesoras más peculiares y excéntricas que hayan pisado tan céntrico, rancio y excelso centro educativo de provincias (en todas las capitales hay un instituto así, que viene a ser más o menos el instituto). Llevaba el pelo, oscuro, en una mata desordenada y algo salvaje, pero se había dejado crecer por detrás un largo mechón que tenía recogido en una trenza. No es que el gremio profesoral se haya caracterizado nunca por el refinamiento y el cuidado en el vestir, y menos en aquella época, los finales de los ochenta, donde  todavía quedaban flotando los flujos de las estéticas progres y primaban mucho aún la pana, las coderas y demás. Pero incluso en aquel panorama un tanto desarrapado y empanado llamaba la atención aquella mujer que no se maquillaba ni peinaba, que llevaba zapatillas de deporte negras en vez de zapatos, pantalones anchos arremangados, chalecos de tela de damasco y blusas y camisetas debajo nada combinadas, y todo ello, por supuesto, sin planchar. Tenía ese desprecio por el atuendo propio de quien sabe que está más allá de esas naderías, propio de quien ya se sabe especial porque su vida lo ha sido y no tiene nada que demostrar a los demás, de manera que no le hace falta. No en vano, era hija de un diplomático español de origen asturiano y había nacido, si no recuerdo mal, en Beirut, por lo que su primera lengua era el francés, pensaba - según confesión propia - en esa lengua y no era extraño que se arrancara a hablar en ella de manera espontánea e incontrolada en ella en mitad de las clases, para gran fascinación y desconcierto nuestro, que no éramos capaces de seguirla en esos momentos y, a decir verdad, en ningún otro, porque sus clase carecían de orden y de estructura. En eso, la verdad sea dicha, era muy poco francesa, muy poco cartesiana, o es que quizás se le había quedado en las venas todo ese afrancesamiento muy poco racional del nouveau roman, la nouvelle vague, la nouvelle critique y demás nouvedades (o necedades). 
     Para que nos fuéramos familiarizando con los números en francés, a la profesora no se le ocurrió mejor idea que poner en clase La valse à mille temps, de Jacques Brel (eran otros tiempos, desde luego). Así que allí estábamos, aquella día a día mermada resistencia francesa del instituto, boli en mano intentando pillar los números que decía a toda velocidad aquel cantante desconocido para nosotros hasta entonces (mis padres eran poco francófilos en gustos musicales) mientras la profesora bailaba literalmente (o tal vez literariamente) el vals entre los pupitres del aula, deleitada a más no poder con las inflexiones de Brel y el aceleramiento que se produce al final de la canción. 
   Aquellas clases de segundo idioma fueron clausuradas a las pocas semanas porque no llegábamos al número mínimo de alumnos que exigía la ley para mantener el grupo abierto. El último día de clase, un día lluvioso y muy belga según la profesora, esta nos puso otra canción de Jacques Brel mucho menos festiva y acorde con el momento, cuyo título no recuerdo. Pero sí la recuerdo a ella, sentada en un pupitre con las piernas cruzadas a lo indio y mirando con nostalgia el día gris y lluvioso, emocionada ante aquellos versos cantados que a nosotros nada nos decían. 
    Las clases acabaron, pero La valse à mille temps quedó instalada para siempre en mi imaginario. Más adelante, cuando ya vivía en Francia y sabía francés, la escuché un día por la radio y recordé ese momento tan festivo dentro de una cotidianidad gris y rancia del instituto, y lamenté profundamente (eran otros tiempos, anteriores a la llegada de youtube y spotify) que acabara esa canción que hablaba del amor a los veinte años en París, esa canción que ahora entendía perfectamente y como por arte de magia gracias que ya hablaba francés, esa canción en la que todo avanza de manera perfecta y acompasada hasta el clímax acelerado final donde todo explota, después de usar de forma maestra una estructura acumulativa basada precisamente en los números, y que tiene un final abierto, porque no acaba con la nota dominante, sino con una nota que deja todo colgando, en suspenso, como la propia historia de amor que se insinúa, como son al fin y al cabo todos los amores a los veinte años, siempre apasionados, acelerados y abiertos hacia al futuro. 

Au premier temps de la valse
Toute seule tu souris déjà
Au premier temps de la valse
Je suis seul mais je t'aperçois
Et Paris qui bat la mesure
Paris qui mesure notre émoi
Et Paris qui bat la mesure
Me murmure murmure tout bas

(refrain)

Une valse à trois temps
Qui s'offre encore le temps
Qui s'offre encore le temps
De s'offrir des détours
Du côté de l'amour
Comme c'est charmant
Une valse à quatre temps
C'est beaucoup moins dansant
C'est beaucoup moins dansant
Mais tout aussi charmant
Qu'une valse à trois temps
Une valse à quatre temps
Une valse à vingt ans
C'est beaucoup plus troublant
C'est beaucoup plus troublant
Mais beaucoup plus charmant
Qu'une valse à trois temps
Une valse à vingt ans
Une valse à cent temps
Une valse à cent temps
Une valse ça s'entend
A chaque carrefour
Dans Paris que l'amour
Rafraîchit au printemps
Une valse à mille temps
Une valse à mille temps
Une valse a mis le temps
De patienter vingt ans
Pour que tu aies vingt ans
Et pour que j'aie vingt ans
Une valse à mille temps
Une valse à mille temps
Une valse à mille temps
Offre seule aux amants
Trois cent trente-trois fois le temps
De bâtir un roman

Au deuxième temps de la valse
On est deux tu es dans mes bras
Au deuxième temps de la valse
Nous comptons tous les deux une deux trois
Et Paris qui bat la mesure
Paris qui mesure notre émoi
Et Paris qui bat la mesure
Nous fredonne fredonne déjà

(refrain)

Au troisième temps de la valse
Nous valsons enfin tous les trois
Au troisième temps de la valse
Il y a toi y'a l'amour et y'a moi
Et Paris qui bat la mesure
Paris qui mesure notre émoi
Et Paris qui bat la mesure
Laisse enfin éclater sa joie.

(refrain)


sábado, 17 de diciembre de 2016

El clásico de la semana es...



El clásico de la semana es un clásico navideño de e.e. cummings. 

little tree 
little silent Christmas tree 
you are so little 
you are more like a flower 

who found you in the green forest 
and were you very sorry to come away? 
see          i will comfort you 
because you smell so sweetly 

i will kiss your cool bark 
and hug you safe and tight 
just as your mother would, 
only don't be afraid 

look          the spangles 
that sleep all the year in a dark box 
dreaming of being taken out and allowed to shine, 
the balls the chains red and gold the fluffy threads, 

put up your little arms 
and i'll give them all to you to hold 
every finger shall have its ring 
and there won't be a single place dark or unhappy 

then when you're quite dressed 
you'll stand in the window for everyone to see 
and how they'll stare! 
oh but you'll be very proud 

and my little sister and i will take hands 
and looking up at our beautiful tree 
we'll dance and sing 
"Noel Noel" 

e.e. cummings 

árbol pequeño 
silencioso árbol pequeño de Navidad 
tan chico
tan igual a una flor 

¿quién te encontró en el bosque verde
y te acercó aquí con tu tristeza? 
mira    quiero darte consuelo 
porque cuánto me gusta el dulce olor que traes

voy a besarte en tu corteza fresca
y te daré un abrazo fuerte y apretado
como lo haría tu madre, 
pero no tengas miedo

fíjate      la platilla 
que duerme todo el año en una caja oscura 
soñando que la tomen y la dejen brillar, 
las bolas las doradas y rojas cadenitas y los hilos de nieve, 

levante tus bracitos
y te daré todo para que tú lo tengas
cada dedo un anillo
y ni un solo rincón oscuro y desgraciado 

y ya vestido entonces
muy puesto en la ventana para que bien te vean
¡cómo te mirarán
y estarás de contento!

y mi hermanita y yo cogidos de la mano
contemplaremos nuestro árbol hermoso
y en corro cantaremos 
"Navidad Navidad"


    (traducción de Rafael León, incluida en Poemas, traducción y prólogo de Alfonso Canales, Madrid, Visor, 2000)

domingo, 11 de diciembre de 2016

El clásico de la semana es...

 
   La editorial Kalandraka sigue esforzándose por hacer llegar a nuestras librería, en las cuatro lenguas oficiales al mismo tiempo, clásicos extranjeros de la literatura infantil que estaban sin traducir o cuyas traducciones se habían vuelto difíciles de encontrar. Ahora le ha llegado el turno a Míster Magnolia, un relato rimado del gran ilustrador pero también estimable escritor Quentin Blake que fue publicado en inglés en 1980 y recibió entonces importantes distinciones. 
   Como ya he comentado muchas otras veces en este blog, traducir una obra de poesía infantil encierra siempre no pocas dificultades, pues en los versos escritos para niños suelen abundar recursos fónicos y juegos de palabras que muchas veces encuentran una difícil correlación en otra lengua. De ahí que el traductor se vea obligado a ser infiel al texto para ser fiel al verso; es decir, que casi siempre deba introducir cambios en el contenido para que el ritmo del poema y su carácter poético no se pierdan en la traducción. Además, si la obra es ilustrada y se publica con las ilustraciones originales la tarea se vuelve más difícil todavía, porque el traductor no puede tomarse demasiadas licencias para no contradecir las imágenes que ya le vienen dadas.
   Afortunadamente, la editorial Kalandraka ha elegido para verter al castellano este libro a todo un veterano en estas lides como es Miguel Azaola, cuya labor como traductor ya comentamos a propósito del excelente trabajo que llevó a cabo con las Retahílas de cielo y tierra, de Gianni Rodari. Bien es cierto que en este último caso la dificultad era menor debido al parecido entre el italiano y el castellano, que facilita un poco la tarea, pero en esta ocasión Azaola sale nuevamente airoso al intentar ante todo crear un texto rítmico en una lengua de prosodia tan diferente del inglés como la nuestra. Desde luego, este Míster Magnolia español pasa la que quizás es la prueba de fuego de toda obra traducida: no tener en ningún momento la sensación de que se trata de una obra traducida.
    Tal y como sucedía en la obra que tradujo de Rodari, Azaola se toma ciertas licencias que surgen en principio de las necesidades de la rima, pero que al mismo tiempo suponen una labor de acercamiento cultural del texto al imaginario de los nuevos lectores. En este caso, el texto se ve marcado por la rima que impone el primer verso ("A Míster Magnolia le falta una bota"), lo cual hace que, en la tercera secuencia, nos encontremos con "Tiene 3 batracios / que bailan la jota". Que nadie busque la mención a tan español baile en la versión original (se puede ver aquí), porque no la hay. Pero da igual. El caso es que la ilustración muestra dos ranas bailando sobre un nenúfar en medio de un estanque y el traductor, con un sentido de la oportunidad impecable y un ingenio un tanto nonsense que encaja a la perfección con el espíritu de Blake, hace rimar bota con jota y sale más que airoso del trance. En la secuencia siguiente ("y 4 cotorras / a cual más idiota"), el adjetivo con que califica a los animales, ausente en el original, aumenta de nuevo el tono humorístico del texto en general. Y, más adelante, Azaola aprovecha la propia ilustración para construir la traducción, en un claro ejemplo de adaptación a las necesidades del texto. La imagen de la décima secuencia nos muestra a Míster Magnolia con un dinosaurio morado que tiene a sus pies diez postres, a los que no se hace ninguna mención en el original. Azaola opta por incluirlos en el texto para rematar la serie y llegar hasta el diez ("y un postre en 10 platos / para su mascota") y añadir otra gota de humor absurdo al hacer del dinosaurio la mascota del protagonista. Y, al final, Míster Magnolia "ya puede dormirse / como una marmota", por supuesto.
     Son estos los ejemplos más significativos de las soluciones a las que llega Azaola para hacer que Míster Magnolia suene natural en nuestra lengua y no pierda un ápice de su carácter absurdo pero también festivo, tan frecuente en las ilustraciones y los textos de Quentin Blake. Aquí, desde luego, queda de manifiesto una vez la importancia de las estructuras bien medidas, el ritmo y el sinsentido cuando se escribe para niños, todo lo cual no es un obstáculo para la imaginación sino lo contrario, porque ofrecer a los primeros lectores una estructura cerrada, casi musical, al servicio de una imaginación rebelde y libre, en la que se pueden encontrar las cosas más absurdas (como un dinosaurio de mascota o unas ranas que - en la edición en castellano, al menos - bailan la jota), es una excelente receta para ofrecer una educación literaria de calidad, que enseñe a mirar, a imaginar, a leer y, en definitiva, a pensar de manera autónoma.

Blake, Quentin, Míster Magnolia, Pontevedra, Kalandraka, 2016 (traducción de Miguel Azaola)

domingo, 4 de diciembre de 2016

El clásico de la semana es...

    
    Tres damas junto al mar es la traducción de Three Ladies Besides the Sea (1963), un libro en verso con texto de Rhoda Levine e ilustraciones de Edward Gorey que publicó en 2015 la editorial bonaerense Adriana Hidalgo Editora y que, si no me equivoco, permanecía inédito en nuestra lengua hasta ahora. Pese a estar publicado por una editorial argentina, en este caso sí se puede encontrar en España, lo cual es una excelente noticia, porque además el libro está muy bien editado. 
    A la hora de reseñar Tres damas junto al mar uno tiene la tentación de empezar hablando del ilustrador y no de la autora del texto, lo cual resulta comprensible, pues el responsable de las ilustraciones no es otro que Edward Gorey, uno de esos artistas de culto, poseedor de un mundo personal y a veces extremo, cuya fama e influencia parecen crecer año tras año. Gorey, a menudo citado como gran influencia en la obra del cineasta Tim Burton, es recordado, como este, por su mundo macabro y sus historias un tanto truculentas, aunque siempre llenas de humor, que lo convertían en un epígono americano y gótico de cierta estética victoriana que él no había conocido, por supuesto, y a la que remiten sus historias e ilustraciones. Y, por supuesto, con este universo tan radical y personal no es raro que surja de vez en cuando el debate sobre si sus obras eran o no para niños, tal vez porque en los tiempos que corren somos muy renuentes a pensar que la niñez pueda ser una etapa cruel y que los niños en sí mismos puedan tener comportamientos crueles. Él mismo decía no escribir para niños y no sentirse cómodo con ellos alrededor, lo cual no ha sido un obstáculo para que su mundo haya conectado con el lector infantil. 
    Aunque es recordado sobre todo por las obras que él mismo escribió e ilustró, Gorey no dudó en ponerse al servicio de los versos de otros y regalar al público obras tan memorables como la ilustración que llevó a cabo del libro de T. S. Eliot Old's Possum Book of Practical Cats (de hecho, él mismo era un gran amante de los gatos), o este Three Ladies Besides the Sea, de otra artista polifacética, Rhoda Levine, directora de ópera, autora de libretos de ópera, coreógrafa y escritora. 
    Tres damas junto al mar conecta de maravilla con el universo post-victoriano de Edward Gorey, ya que narra en verso la historia de tres damas que viven en tres casas separadas pero contiguas a la orilla del mar: Edith del Embeleso, Catalina del Progreso y Alicia del Riesgo. Como vemos, desde el principio Levine juega con elementos ligados a la novelística decimonónica al presentarnos a tres damas muy distintas entre sí, pues las dos primeras parecen haber aceptado su condición sin demasiados conflictos y disfrutar de su vida junto al mar, mientras que la tercera se pasa el día subida a un árbol, ya que no le gusta pisar la tierra firme, para gran preocupación de las otras dos, que deciden actuar al respecto. Cuando le preguntan la razón por la cual se pasa el día en alto, Alicia responde que, pese a las dificultades y las incomodidades, le gusta estar ahí: "Empero me gusta a este árbol trepar / y así el inmenso cielo poder explorar. / Busco el rastro de un ave que una vez vi / y que en pleno vuelo cantó para mí". Las otras dos entonces deciden poner remedio y le llevan a Alicia dos pájaros enjaulados (otra metáfora muy típica de la narrativa y la poesía decimonónicas de tema femenino, por cierto). Pero esto no hace sino aumentar el deseo de subirse de nuevo al árbol de Alicia, que se justifica por ello ("Tan bellas eran las aves con sus gorgoritos / que me hicieron añorar más a mi pajarito") y sigue para siempre subida al árbol, "buscando al ave que vive en aquella ocasión". En el final, abierto, una interrogación en la penúltima página ("¿Sigue de aquel árbol Alicia trepada?") se completa con la ilustración de la última página, donde vemos a Alicia subida al árbol y alzando la mano hacia un pájaro que vuela muy por encima de ella y en actitud indiferente. 
    Tres damas junto al mar es, pues, un texto bello y agridulce, lleno de resonancias imaginarias, que encuentra un complemento perfecto en las ilustraciones de Gorey, quien sabe expresar dicho tonocon la ilustración. Es reconocible, por supuesto, su particular estilo en este libro también, pero en este caso las ilustraciones no caminan tanto por el terreno de la truculencia como por el de cierto extrañamiento melancólico. Gorey, con gran acierto a mi juicio, decide usar en todo momento fondos blancos para situar a estas tres damas que viven junto al mar pero que en realidad están en un mundo más imaginario que real, en el sentido de que no hay realmente una ubicación histórica o geográfica precisa, pese a la indumentaria vagamente victoriana o incluso eduardiana. Las tres damas, en el texto, parecen en realidad perdidas, aisladas, y esa misma sensación nos producen unas ilustraciones en las que el mar es solamente una línea que aparece de vez en cuando entre las dunas y que también es blanco. De hecho, el único color que aparece en el libro sirve para identificar a cada una de las damas: Edith se identifica con el amarillo, y su casa y su ropa son de ese color; lo mismo ocurre con Catalina, pero con el verde; pero Alicia no tiene ningún color. Obviamente esto no es casual. Alicia, que se diferencia también de las otras dos por su pelo corto, tiene el color del mundo que las rodea, de ese mar y esa tierra que mira con nostalgia y aspira a conocer. El suyo es, por tanto, el no-color de quien aspira a que el mundo la cambie, de quien está siempre alerta y no se ha decantado por ninguna opción vital, de quien siempre está buscando y no está contenta. El personaje, pues, queda retratado tanto a través del texto y de las actitudes con que es representada por el ilustrador como a través de la ausencia de color, que se convierte aquí en un factor clave, puesto que el lector comprende de manera intuitiva, antes incluso de un análisis más detallado, que Alicia es distinta de las otras tres. He aquí un buen ejemplo de cómo texto e ilustración confluyen para caracterizar entre ambos a un mismo personaje y llegar así de manera más eficaz, aunque en todo momento sutil, al lector. 

martes, 22 de noviembre de 2016

La niña de Guatemala




Martí, José (texto) y Barraza C., Paulina, La niña de Guatemala, Guatemala, Amanuense, 2016

Una de las mejores cosas de ser hispanohablante y acudir a la Feria de Bolonia es que uno puede entrar en contacto con las editoriales hispanoamericanas que acuden allí cada año y conocer por lo tanto algunas de sus publicaciones, muchas de las cuales (y salvo contadas excepciones como FCE o Ekaré) no llegan al mercado peninsular y no podemos disfrutar a este lado del charco. Esta lamentable desconexión hispana se compensa empero con el enorme entusiasmo de los editores de allá, que siempre están dispuestos a darse a conocer a los lectores españoles y que en muchas ocasiones ofrecen productos tan sumamente interesantes que merece la pena usar este blog como ventana para introducirlos en nuestro mercado y ver si algún editor se anima a publicarlos aquí. La presente entrada es la primera de otras en las que hablaré de algunos descubrimientos que me traje de Bolonia gracias sobre todo a la generosidad y buena disposición de los editores allí presentes, que no dudaron en poner a mi disposición ejemplares de sus libros de poesía para niños cuando así se lo pedí.  
Hoy es el turno es de La niña de Guatemala, una edición en formato de álbum del famoso poema de José Martí, ilustrado por la mexicana Paulina Barraza y con un iluminador postfacio de Carmen Matute, que he sido publicada este mismo año por la editorial guatemalteca Amanuense. Estamos aquí ante un nuevo ejemplo de literatura no adaptada para niños sino adoptada para ellos, es decir, de un texto clásico escrito por un autor clásico sin tener a los niños en mente como receptores pero que un mediador (en este caso, un editor) decide que es apto para dicho público y se lo ofrece con un formato claramente infantil. Esto parece haberse convertido en una tendencia dominante y en auge dentro de la poesía para niños del ámbito hispanoamericano, tanto en su formato de poema único como de conjunto de poemas, aunque con resultados desiguales, pues no siempre el poema elegido resulta apto para un formato como el álbum, donde la secuenciación es tan marcada, y no siempre las ilustraciones aportan algo al texto original que las justifique como tales más allá de la literalidad en la representación de los versos.
En lo que respecta a La niña de Guatemala, la elección resulta acertada porque se trata de un poema que combina a partes iguales lo lírico con lo narrativo, de un lado, y porque está ya estructurado en estrofas de cuatro versos con unidad narrativa que facilitan su conversión en las secuencias de un álbum. La edición de Amanuense las respeta, de manera que el álbum-poema avanza de manera natural en la narración y el ritmo.
Como dice Carmen Matute en el postfacio, el poema “nos cuenta, en nueve cortas estrofas de versos octosílabos, la trágica historia de una joven que prefiere morir al verse despreciada por su amado, que se ha casado con otra”. Se unen en los versos dos temas universales de la literatura, el amor y la muerte, “lo que equivale a decir principio y fin, pues nacemos a la vida por amor pero sabemos que al final del camino a nuestro encuentro vendrá la muerte”, en palabras de la misma Matute. El poema, además, está narrado desde el punto de vista de una voz poética que nos anuncia desde el principio sus intenciones – Quiero, a la sombra de un ala, / contar este cuento en flor: / la niña de Guatemala, / la que se murió de amor – y que asiste al suicidio por amor, el funeral y el enterramiento de la niña de Guatemala, de quien se confiesa enamorado, como un testigo doliente e impotente, por lo que la perspectiva es más compleja de lo que pudiera parecer a simple vista y plantea ciertos desafíos para la ilustración, como la creación de un personaje-yo poético que aparece en la primera y la última ilustración. Por otra parte, se trata de un poema que no puede ocultar su condición finisecular, su sensibilidad fin du siècle, muy visible en el lenguaje floral, en el propio personaje de la niña, en ciertas comparaciones y en detalles un tanto morbosos.  
Pero, claro está, lo más importante a la hora de reseñar este tipo de libros no es el texto en sí – un clásico bien prendido en el imaginario colectivo, del que quizás poco cabe decir a estas alturas – sino la solución que aportan las ilustraciones. Ante un libro así cabe preguntarse si tiene sentido haberlo publicado en formato de álbum y con ilustraciones, y la respuesta en este caso es que sí (y no siempre es así, desde luego).
La niña de Guatemala es a mi juicio una buena elección para construir un álbum poético por las razones que comentaba antes: porque se trata de un poema en el que la concreción narrativa y la dispersión lírica se van alternando y compensando a partes iguales estrofa a estrofa, y eso lo hace especialmente adecuado para un formato esencialmente narrativo como el álbum pero, al mismo tiempo, deja los suficientes espacios vacíos al ilustrador para que pueda aportar algo más que una traslación literal de los versos. Es decir, para que la ilustración sea en sí misma poética también. Así, la ilustradora Paulina Barraza C., cuyos trabajos previos desconocía, opta por soluciones diversas que reflejan esa doble vertiente del texto original, aunque casi siempre opta por las metáforas visuales que huyen de la literalidad para ofrecer una interpretación más indirecta que hace en realidad del libro un verdadero álbum poético y no simplemente un poema ilustrado.
Por supuesto, un poema como este impone al ilustrador la creación de una figura central, la niña de Guatemala, pero también la de otras soluciones no caer en un tremendismo que no encajaría demasiado con este cuento en flor que es el poema de José Martí. Paulina Barraza recoge con sumo acierto la profusión de motivos florales que están presentes en el poema y los convierte en el principal motivo e hilo conductor de todo el volumen.
De esta manera, la ilustradora parece haber actuado como esos adaptadores de novelas al cine, que deciden no ceñirse a la letra pero sí al espíritu, y ha optado por usar el lirio, una flor de tallo largo, como indudable leit motif  de las ilustraciones. Aparece en casi todas las secuencias, pero lo más interesante y acorde con el espíritu fin de siglo del poema es que la propia niña de Guatemala es en sí mismo una especie de flor, una especie de lirio: tiene una forma alargada y estilizada, va vestida de blanco todo el tiempo, y en la escena de la muerte en el río, con la delicadeza elíptica admirable, su cabeza se desliga del tronco como una flor que pierde su corola. Además, la flor se convierte en metáfora y aparece en muchas imágenes. En la contracubierta vemos a la niña agarrando la flor; la primera vez que aparece la niña lo hace confundida con las flores, casi una más, mimetizada; en uno de los momentos culminantes del poema, cuando la niña va a su amada con su mujer desde el mirador, aparece a sus pies una flor caída en el suelo, marchita; cuando se mete en el agua, las corolas aparecen como nenúfares en la superficie, etc.
Por otro lado, huye Barraza de la literalidad en varios pasajes, lo cual confiere a sus ilustraciones y al libro en general una tersura muy poética, y casi siempre lo hace a través de la flor como elemento fundamental. Se ve, por ejemplo, en la secuencia del entierro o en el de la muerte, de modo que las flores se convierten en un leit motif visual metafórico y nos ofrecen una interpretación concreta del poema, ya que aparecen grandes y turgentes en los momentos ligados directamente a la muerte. Es especialmente significativa en este sentido la penúltima secuencia (Allí, en la bóveda helada / la pusieron en dos bancos: / besé su mano afilada, / besé sus zapatos blancos), donde vemos a la niña sentada sobre un hilo que pende de dos caballetes, mirando serenamente al cielo, y a su lado un lirio turgente y en plenitud. Con ello, la ilustradora queda muy lejos de ser una simple traductora literal al lenguaje visual de los versos de Martí, pues aquí nos ofrece una interpretación propia sobre la muerte de la niña de Guatemala, una visión muy específica de la muerte por amor de este personaje que no se limita a replicar el texto, sino que lo amplifica y en cierto modo lo contradice, y que puede entrar asimismo en conflicto con la propia interpretación del lector.
       Con ello, Paulina Barraza, tanto en este como en otros pasajes, se convierte en mediador privilegiado. Con un estilo donde predomina la línea para definir los personajes y los distintos motivos representados (aunque es una línea que se quiebra en muchas ocasiones y que juega sabiamente con las deformaciones y las masas de color, como se ve en la cubierta), nos ofrece realmente un álbum poético y no una mera ilustración de una poesía, porque con sus ilustraciones el poema de José Martí alcanza un nuevo significado que realmente no tendría sin ellas. De ahí, por tanto, que este sí sea un verdadero álbum poético y que sí tenga sentido publicarlo así.